La Cuaresma vuelve. Y con ella, todo lo que he guardado en silencio durante meses.
La he esperado sin prisas aparentes, pero con una cuenta atrás íntima, casi secreta. No es solo una fecha en el calendario; es un latido que se aproxima lentamente, una certeza que atraviesa el invierno y despierta algo profundo que nunca se apaga del todo. La añoranza ha sido constante: en cada recuerdo de incienso suspendido en el aire, en cada marcha que resuena en la memoria, en cada imagen que regresa a la mente cuando el ruido del mundo se apaga.
Este tiempo de espera no ha sido vacío. Ha estado lleno de evocaciones, de miradas al pasado, de momentos que se repiten una y otra vez como si quisieran mantener viva la llama. He echado de menos la sobriedad de sus días, el recogimiento que invita a mirarse por dentro, la emoción contenida que crece sin hacer ruido hasta desbordarse.
La Cuaresma no llega de golpe; se anuncia en el alma antes que en las calles. Se percibe en la necesidad de silencio, en el deseo de volver a lo esencial, en esa mezcla de nostalgia y esperanza que solo ella sabe provocar. Es el tiempo que prepara, que ordena, que purifica. El tiempo que nos recuerda quiénes somos cuando todo lo accesorio cae.
Y ahora que vuelve, siento que regresa una parte de mí que había quedado en suspenso. Vuelve la espera que ya no es espera, sino presencia. Vuelve la emoción que no necesita explicación. Vuelve la certeza de que cada año, aunque parezca igual, es distinto; porque nosotros también lo somos.
La Cuaresma llega. Y con ella, la oportunidad de sentir más hondo, de creer más firme y de vivir con mayor verdad aquello que tanto hemos añorado.

Comentarios